Crítica de Leviticus, ópera prima de Adrian Chiarella. Un relato de terror que convierte el amor adolescente de dos jóvenes en un territorio de persecución, donde lo religioso se transforma en mecanismo de control y miedo.
Por Arturo Brum Zarco*
El Levítico es un texto bíblico que funciona como un manual de conducta que, evidentemente, se ha interpretado de manera distinta según su contexto. Pero la esencia por parte de instituciones religiosas de dictar el comportamiento de las personas permanece. Ese es el eje narrativo de la película australiana de terror que, de forma irónica y atrevida, lleva como título Leviticus, del director Adrian Chiarella.
La película construye un amor juvenil entre dos adolescentes que se verá amenazado por sus familias, quienes recurren a una suerte de maleficio sobrenatural para provocar en ellos miedo hacia su propio amor y deseo.
Es decir, la película usa el terror para hablar, denunciar y mostrar de forma metafórica el peligro de las terapias de conversión, una práctica que, desafortunadamente, sigue presente. La cinta lo acentúa a partir de una ingeniosa construcción de horror, suspenso y misterio desde lo íntimo, ya que el mal surge del entorno doméstico.
El filme nos lleva a una pequeña comunidad extremadamente religiosa que roza lo sectario. A ese lugar se mudan Arlene (protagonizada por Mia Wasikowska) y su hijo Naim (interpretado por Joe Bird, actor que sorprendió por su trabajo en Háblame en 2022), y de inmediato son recibidos por la institución religiosa del lugar.
En ese contexto, Naim se enamora de Ryan (Stacy Clausen), un joven que, al igual que él, pertenece a dicha institución religiosa, cuyas prácticas estrictas resultan inquietantes. Destacan las secuencias en las que el director presenta a la iglesia y a sus feligreses, pues construye una mayor ambientación sombría y perturbadora.
Al enterarse del vínculo amoroso entre estos jóvenes, las familias deciden intervenir. Padres y madres contratan a un sacerdote especializado en, según sus palabras, “curarlos” y expulsar de ellos al Diablo. Para lograrlo, recurre a una ceremonia que provoca convulsiones en los jóvenes y, días después, aparece un ente violento que sólo ellos pueden ver y que los ataca de forma cruel.
Leviticus es la ópera prima del joven director australiano Adrian Chiarella, quien presenta una obra que por momentos cae en lo explicativo, al insistir en su premisa central a partir del diálogo, el miedo que el pensamiento conservador busca imponer sobre la comunidad LGBTQ+.
Esa insistencia resulta innecesaria, ya que la sólida construcción visual de la cinta basta para que el espectador conecte con los personajes y comprenda la intención del relato. Y es que Chiarella construye una atmósfera claustrofóbica, apoyada en una paleta de colores sombría y lúgubre que refuerza el miedo de los personajes, así como un misterio que atrapa al espectador para después revelar un conflicto abrumador y reflexivo.
Todo esto lo desarrolla el director mediante una cámara que parece perseguir constantemente a los personajes, encuadres que encierran a los jóvenes y secuencias en las que el ente invisible se convierte en una presencia que no sólo genera miedo, sino que también provoca enfrentamientos entre ellos.
En el filme, lo invisible funciona como una representación de la mente perturbada de quienes aún consideran las relaciones homosexuales como un pecado. Es una alegoría del rechazo, del silencio y de la violencia ejercida contra dicha comunidad.
Una de las mayores fortalezas del filme es presentar el odio como algo que está presente aunque no se vea.
Estos entes invisibles también operan como presencias que invaden la mente de los adolescentes y detonan paranoia. Aquí la referencia a Pesadilla en la calle del infierno (1984), de Wes Craven, es clara, pues ese ser ataca a los sueños. Asimismo, existe un paralelismo con It Follows (2014), de David Robert Mitchell, donde la sensación de persecución es constante. A esto se suma el tema del doppelgänger (doble maligno) como figura amenazante, en diálogo con las distintas versiones de El hombre invisible.
Si bien Leviticus, en términos generales, es una buena carta de presentación para Adrian Chiarella, su tendencia a explicar de más debilita su impacto. No obstante, el ingenio de narrar las terapias de conversión a través del terror y la metáfora la convierte en una propuesta atractiva. Un filme de romance juvenil que evidencia cómo ciertos sectores de la sociedad buscan imponer el miedo sobre la comunidad LGBTQ+.
*Periodista y realizador. Director de CinEspacio24.


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