Crítica de Líbranos del mal, la nueva cinta de Oz Perkins. Un filme de terror que confirma la versatilidad del director al seguir a Malcolm y Liz, una pareja que, durante una escapada romántica para celebrar su primer año de noviazgo en una cabaña aislada, comienza a resentir el encierro hasta sospechar que una presencia maligna los acecha.
Por Isaac Piña Galindo*
El director Oz Perkins completa su trilogía no oficial con Keeper (Líbralos del mal en México), nueva incursión en el género de terror que sigue a Malcolm y Liz, quienes festejan un año de noviazgo con una escapada romántica a la cabaña de él en una exclusiva zona boscosa.
Al encontrarse recluidos, Liz comienza a resentir el aislamiento hasta el punto en que sospecha que una presencia maligna los acecha.
La trilogía se compone también de las anteriores Longlegs (2024) y El mono (2025), dos cintas con las que Perkins consiguió granjearse un lugar en el pequeño círculo de directores que actualmente dominan la conversación alrededor del cine de terror, donde podemos anotar los nombres de Robert Eggers, Jordan Peele y Ari Aster.
Aunque existen diferencias en el tipo de historia que abordan Eggers, Aster y Perkins, un punto en común que comparten los tres radica en su marcada propuesta estética, donde los tres directores coinciden en una puesta en cámara llena de simbolismos, con ritmo slow-burn y donde el estado mental afecta la perspectiva narradora.
Quizás Jordan Peele sea el menos autoral por su propuesta de explotación y subversión del cine de género, además de usar ciertos tropos y clichés para hacer películas con comentario social y sátira.
Los últimos filmes de Aster y Eggers se han caracterizado por sus altos valores de producción y grandes elencos, abocados a relatos complejos y ambiciosos, como en Beau tiene miedo de Aster, o una minuciosa construcción de un universo de fantasía, como el Nosferatu de Eggers.
No obstante las similitudes de estilo ya comentadas, los últimos tres filmes de Perkins indican un camino diferente al de sus pares; inclusive me atrevo a describir que en esta tercia de cintas encontramos a un realizador mucho más efectista y disparatado, dispuesto a jugar con el cine de género.
Longlegs es un ejemplo de neo-noir en la vena de Copycat (1995) con brochazos de terror psicológico y hasta horror folk, mientras que El mono se ubica claramente entre el splatter y el humor negro, una película con muchos momentos de brillante slapstick (comedia física).
En la tenebrosa trilogía de Perkins encontramos tonos tan dispares como el lúgubre y turbio thriller de Longlegs, o el fatalismo sangriento con escenas dignas de los «Looney Tunes» que descubrimos con El mono.
Los dos filmes considero que funcionan cada uno con su estilo particular y pienso que Keeper representa el punto medio entre Longlegs y El mono ya que conjuga elementos de ambas.
Aunque el guion de Longlegs se ubique en el terreno del cine policíaco, el estilo de Perkins se percibe en la construcción de atmósferas conseguida gracias a una cuidadosa composición del plano y el espacio negativo, así como la colección de sonidos disonantes (y perturbadores) que afectan el tenor sombrío del diseño sonoro y el score.
Lo anterior se replica en Keeper, donde sobresale la fotografía de Jeremy Cox por la manera en que la cámara «flota» al interior de la enorme cabaña, dándonos acceso a perspectivas poco convencionales, las cuales conducen la mirada del espectador a zonas donde en apariencia no pasa nada.
Si bien la perspectiva dominante es la de la pareja, Liz y Malcolm, existen momentos donde ninguno de los dos observa lo que el espectador está viendo en pantalla. Una forma inteligente de Cox y Perkins para sugerir que existe otra perspectiva.
Estos pasajes aparentan ser fragmentos abstractos, o hasta de «relleno»: el descansillo entre las escaleras que conectan la planta baja con la alta, la parte oscura del punto más alto del techo, una puerta entreabierta o un incómodo close-up del rostro ausente de Liz.
El ritmo pausado remarca la sensación de enrarecimiento; el montaje a dos manos entre Graham Fortin y Greg Ng permite que algunas tomas tomen unos cuantos segundos extra de duración, lo que aumenta la sensación de sentirse vigilados, acosados, por algo que la audiencia no logra discernir o comprender.
Contribuye enormemente la secuencia de introducción: breves instantes donde se muestra a varias mujeres en situaciones anodinas, observadas por alguien (o algo), un testigo al acecho (que gracias al recurso de la cámara en POV, coloca al espectador en la situación incómoda de sentirse en la piel del villano).
La fotografía y el montaje me remiten al cine japonés, en particular al «j-horror» con sus fantasmas vengativos, largas tomas, maldiciones que fungen como castigo a fallas humanas, y la presencia de figuras espectrales cuyo movimiento corporal resulta antinatural.
Un ejemplo específico lo hallamos en Chime (2024) del estupendo Kiyoshi Kurosawa, mediometraje que relata cómo el sonido de una campana «obliga» a que aquel que lo escuche a cometer actos violentos.
En sus cortos 45 minutos, Kurosawa crea un ambiente sumamente opresivo con disrupciones violentas y precisas, al tiempo que prescinde del diálogo casi en su totalidad. Poco a poco cualquier momento inocuo, como un adolescente viendo su celular, representa un potencial momento de violencia.
Vale señalar que pese a que Keeper ha sido la tercera cinta de Perkins en estrenarse, en realidad fue El mono la última en filmarse.
Cabe hacer la lectura de que Keeper (o Líbralos del mal) supone un puente entre la perturbadora en clave de fábula de Longlegs y la disparatada y caótica cinta fatalista de El mono.
Keeper bebe un poco de las dos, y se alcanza a percibir la energía lúdica con que trabaja el realizador porque utiliza el lenguaje cinematográfico de manera casi intuitiva, como por ejemplo: los cortes que encadenan ciertas escenas ocurren por medio del sonido, los personajes se encuentran en extremos del plano e inclusive en ocasiones se utiliza el desenfoque como recurso estilístico.
Aun cuando esta última cinta quizá sea desdeñada como un esfuerzo menor, o una repetición de ciertos trucos de Perkins, pienso que al contrario, reafirma al cineasta como una de las voces más frescas y atrevidas del cine de horror actual.
Keeper sin duda demanda paciencia y también requiere mantener la atención a cada detalle del cuadro, para disfrutar los gestos de experimentación formal que imaginan el realizador y su equipo.
La recompensa llega al final con un clímax absolutamente desquiciado y mórbido, que con toda probabilidad seguiremos comentando en los próximos años.
El Longlegs que da vida Nicolas Cage, la colección de chuscas muertes en El mono, y el tercer acto de Keeper, representan una muestra perfecta de la versatilidad de Perkins para manejar distintos registros tonales, según lo que demande la historia y aprovechando el (bajo o medio) presupuesto disponible.
*Realizador y crítico de cine








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