“La historia del sonido”: añoranza y baladas amargas – CinEspacio24

“La historia del sonido”: añoranza y baladas amargas

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Crítica de La historia del sonido, película del sudafricano Oliver Hermanus. Ambientado en la décadas de 1910 y 1920, el filme es un drama sobre el romance de dos estudiante de música, interpretados de manera sobresaliente por Paul Mescal y Josh O’Connor. Una obra donde la música propone capturar el caprichoso paso del tiempo y entender el peso que acompaña el reconocer ese tránsito.

 

Por Isaac Piña Galindo*

@IsaacPi15a 

Después de estrenos como Mátate, amor de Lynne Ramsay y Valor sentimental de Joachim Trier,  Mubi regresa a la cartelera mexicana con La historia del sonido, drama de época que retrata el apasionado romance secreto entre dos estudiantes de música en 1917, Lionel y David, interpretados de forma brillante por Paul Mescal y Josh O’Connor, respectivamente.

Además de la cualidad furtiva del romance, la trama explora cómo el contexto de las décadas de 1910 y 1920, el estallido de la Primera Guerra Mundial y el origen social de ambos hombres constituyen elementos que, quizás de modo a veces imperceptible, terminan por afectar y definir el curso de la relación.

La misma guerra y el posterior reclutamiento de David significarán un punto de quiebre inicial (y a la postre definitorio) para los amantes.

Aunque el eje central de la trama se enfoca en capturar los momentos más dulces y tiernos del idilio romántico, el brinco temporal de la inocuidad de 1917 a la inquietud de 1919 y el periodo de entre guerras permite que el relato pueda tomar un curso diferente.

Este giro gradual de la narración nos conduce hacia una meditación, en tono sobrio y calmo, sobre madurar y afrontar por igual las alegrías y desilusiones de la adultez.

El cuentista Ben Shattuck escribe el guion a partir de la adaptación de dos relatos propios, lo que explica la herramienta del uso de un narrador en voz en off con el fin de puntualizar algunos pasajes de la vida de Lionel, al tiempo que minimiza el diálogo y evita de forma ingeniosa caer en la sobredescripción de las escenas.

Estas anotaciones hechas fuera de cámara fungen de complemento porque inyectan de “color” varios momentos en la vida de Lionel, en especial cuando descubre su nuevo mundo interior durante sus años de estudiante en el Conservatorio de Música de Nueva Inglaterra.

Conforme acompañamos a Lionel a “ser adulto” mientras descubre lugares y personajes diversos a lo largo del tiempo, la voz en off se diluye para dar paso a grandes espacios de silencio y baladas folk, pasajes en los cuales cobra mayor fuerza y peso la sombra del recuerdo de la felicidad y la intensidad del cariño inicial entre Lionel y David.

Con la herramienta del narrador en primera persona, el director sudafricano Oliver Hermanus ilustra el estado emocional de Lionel mientras que permite que la historia de amor cobre fuerza por sí sola.

La realización de Hermanus brilla cuando enmarca a los amigos-amantes ya que deja que el tiempo dentro de las escenas transcurra orgánicamente, sin apresurar el montaje, dando oportunidad al espectador de observar (y disfrutar) con las gesticulaciones y las muestras de cariño entre Lionel y David, aspectos que asimismo representan un atisbo a la personalidad de cada uno.

Hermanus logra construir dichos momentos en gran medida gracias a la cámara del fotógrafo Alexander Dynan, quien ilustra la suerte de halo de “pureza” que rodea los primeros instantes del enamoramiento, al igual que la posterior angustia de los amantes confundidos y el sentimiento de añoranza por la aventura romántica juvenil.

Dynan captura a detalle la camaradería de los dos hombres con el uso de planos cerrados con los que la figura de Lionel y David ocupa todo el cuadro; el cuadro se cierra todavía más con los numerosos close-up que revelan los sutiles gestos silenciosos de admiración y cariño de la comunicación íntima entre los dos músicos.

Con idéntica paciencia Hermanus y Dynan examinan la asfixiante melancolía de Lionel adulto viviendo en Italia en 1923, en particular la transformación de su carácter y su actitud esquiva ante cualquier compromiso social y personal.

El talante taciturno de Lionel queda patente por la paleta de colores, que pasa del uso predominante de colores pálidos, de tonalidades entre el azul y verde claro, a utilizar tonos ocre que van del marrón al amarillo y verde deslavados.

Claro está que la música también juega un rol crucial para entender cómo Hermanus se propone capturar el caprichoso paso del tiempo y entender el peso que acompaña el reconocer ese tránsito.

Al comienzo del filme, el mismo David sugiere cierta consciencia temprana de dicha ansiedad existencial cuando, de forma abrupta, le espeta a Lionel la siguiente observación: “Todas las personas que conozcas morirán en algún momento”.

Las baladas folk que surgen conforme avanza el filme hacen las veces de “conectores emocionales”, no tanto por la letra o la historia que cuentan sino por el sentimiento que proyectan y la intensidad con qué se canta sobre una variedad de elementos, desde el clima y el campo o el camino, hasta sobre la familia o la pareja.

Aun siendo testigos de una fulgurante historia de amor entre dos jóvenes músicos, el acto mismo de cantar, escuchar y sentir música, como un ser abstracto y hasta por momentos fantasmal, asume el rol de un tercer protagonista clave.

Sin duda el filme se beneficia de la cuidadosa curaduría de canciones, repertorio musical que atina en encontrar el pulso romántico de la primera mitad del relato así como la desazón y exploración espiritual del desenlace y clímax.

La propuesta estética de Hermanus, el guión de Shattuck y los cánticos folk se conjugan y funcionan en gran medida por la labor actoral de Paul Mescal y Josh O’Connor. 

Desde el primer encuentro queda patente la química entre los actores al momento de construir la chispa de curiosidad y excitación de sus escapadas románticas, candidez que se complementa por el uso de la luz y el color, así como por el manejo puntual de la interpretación de «Silver Dagger» en voz de Mescal, canción que cobrará una relevancia aún mayor hacia el final del filme.

Ya mencionaba en este mismo texto la importancia de los gestos mudos que comparten los amantes, desde sonrisas de uno al otro desde la distancia hasta el simple hecho de observar un lago en completo silencio, pensativos y mirándose de soslayo.

La historia del sonido se inscribe en la colección de romances queer de las filmografías de Mescal y O’Connor, adición por demás interesante ya que reúne el talento de ambos en una historia de época, con una cadencia distinta al ritmo caótico de anteriores trabajos como All of Us Strangers (2023), God’s Own Country (2017) y Challengers (2024), tres relatos anclados en una realidad contemporánea de mayor crudeza y experimentación narrativa.

Al final, considero que la brillantez de la dirección de Hermanus, y por ende de La historia del sonido, radica justamente en adoptar un ritmo pausado, de abierta vena contemplativa, con lo que evita una trama escandalosa o barroca de unos amantes en fuga y bajo el escarnio público.

Así nos encontramos con un filme que explora la estrecha relación entre experimentar lo estético y lo romántico, ocupándose de este modo en relatar la incansable búsqueda espiritual de Lionel y de celebrar las voces y sonidos que conforman un mapa musical tanto universal como personal.

*Cineasta y Crítico Cinematográfico.

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