Titubeos y soledad: crítica de «Amores materialistas» – CinEspacio24

Titubeos y soledad: crítica de «Amores materialistas»

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Crítica de Amores materialistas, la nueva película de la directora Celine Song. Protagonizada por Dakota Johnson, Pedro Pascal y Chris Evans, el filme se presenta como una historia de treintañeros y cuarentones que no logran amar, ya que conocer a otra persona depende de valoraciones y calculaciones económicas o sociales, de recopilar y medir datos y llenar una lista de requisitos en las notas del celular.

 

Por Isaac Piña Galindo*

@IsaacPi15a 

La escritora y directora Celine Song irrumpió en el panorama de cine de corte indie (o alternativo) con el melodrama Vidas pasadas, cinta que se ganó el cariño de público además de convertirse, entre 2023 y 2024, en una de las películas más celebradas tanto por críticos como por cineastas y círculos de cinéfilos, al punto de lograr nominaciones al Oscar para Song por Mejor Película y Mejor Guion Original.

Apenas un año después, la novel realizadora vuelve a la cartelera mundial con Amores materialistas, o Materialistas en su título original, película con la que la cineasta explora de nueva cuenta la idea de amor y romance, no tanto en la modalidad de un “amor prohibido” sino un amor logísticamente imposible o improbable.

En Vidas pasadas, el problema logístico de los protagonistas radica en una distancia no sólo física sino también temporal y emocional; una niña y un niño en Corea del Sur se juran amor eterno, pero ella se muda a Canadá y nunca vuelve a Corea. Él aún vive en Corea pero parece estancado por ese “amor que nunca fue” (de ahí lo temporal), aunque ella todavía alberga dudas sobre ese “amor ideal”, a pesar de estar casada y tener una vida establecida en Nueva York.

A lo anterior se añade la importante barrera cultural; el niño-adulto está hecho a la experiencia y vivencia coreana, desde costumbres hasta asuntos legales, pero la niña coreana veía a Corea del Sur como una etapa de otra vida que queda oculta por los miedos y ansiedades particulares de una jovencita asimilando otra cultura.

Una vez compenetrada al modo occidental, entre Canadá y Estados Unidos, la niña-adulta ya no entiende ni comparte el actuar o la “forma de sentir” de los surcoreanos, ni de su otrora “amor de su vida”.

En Amores materialistas el problema de amor resulta esquivo y, por momentos, se asoma un dejo de duda sobre si existe siquiera un problema, un cuestionamiento que por varios pasajes del filme es planteado por la casamentera Lucy, interpretada con garbo por Dakota Johnson.

Quizás resulta tan difícil porque, tomando como pista el título de Materialistas, la directora se propone retratar el “vacío” y el hedonismo de una generación de treintañeros y cuarentones que buscan pareja, casarse o al menos vivir con su pareja, pero sin un ápice de arrebato enamorado, ni siquiera con el “ánimo de amar” (tomando prestado el título de la obra maestra de Wong Kar Wai).

Capturar el hastío, o esa indolencia generacional, resulta entonces en una tarea ardua de conjurar de forma visual.

Por medio de largas escenas donde los diálogos se vuelven protagonistas, Song propone entonces que encontrar pareja no es enamorarse, formar y cuidar un vínculo de amor, sino que, según la lectura de Lucy, se tratara de cumplir una meta más o de tachar por inercia una tarea casi sin mucha reflexión detrás.

Labor que se debe cumplir según el vago acuerdo social de casarse, para continuar siendo la mejor versión posible de un adulto funcional.

La misma ocupación de Lucy como casamentera consiste en encontrar un terreno medio entre las expectativas, muchas de ellas irreales, tanto de hombres como de mujeres para que ambos encuentren su hipotética media naranja.

Persiste en este ir y venir, y en las entrevistas que hace Lucy a hombres y mujeres, la sensación de que todos los involucrados se encuentran apurados por actuar de acuerdo a un esquema o a una forma automatizada de deseo, como si las formalidades de tener una cita fuera un proceso, de cierto modo, mecánico.

Más que coqueteo y seducción, es un análisis de habilidades y aptitudes semejante a una entrevista de trabajo, a veces incluyendo la incómoda pregunta sobre la expectativa salarial.

Queda poco rastro (o nada) de creatividad, impulsividad, torpeza, imprudencia, en fin, ese componente de “riesgo” o “adrenalina” que salpimienta el comienzo de un noviazgo (o mínimamente una relación casual).

Quizás el romance como se ha visto en muchas películas, que se escucha una y otra vez en las canciones de moda y se ha leído en literatura, se ha vuelto de verdad en una rareza.

El galán millonario Harry, interpretado por el carismático Pedro Pascal, le sugiere a Lucy que a lo mejor las relaciones se han convertido en una situación transaccional, por lo cual Lucy se muestra reacia, distante e indolente al concepto de “enamorarse”.

Mientras que el triángulo amoroso de Vidas pasadas sufría por la incertidumbre de un amor no correspondido, aquí en Amores materialistas Celine Song deja entrever que estos treintañeros y cuarentones ni siquiera logran “amar” ya que conocer a otra persona depende de valoraciones y calculaciones económicas o sociales, de recopilar y medir datos en un Excel y llenar una lista de requisitos en las notas de tu celular.

¿Acaso Song declara que el pensar materialista y capitalista se ha agudizado al punto tal que ha perjudicado al acto de enamorarse?

El filme poco a poco deja la fachada del género de comedia romántica para meditar, en un ritmo pausado, sobre la soledad muy particular que ocurre en las metrópolis, sensación de aislamiento que acecha sobre todo al cruzar la barrera de los treinta y pico.

Aun cuando la publicidad de la película, desde pósters hasta entrevistas, apunta a todas luces al territorio de la rom-com, el guion de Song se rebela a las intenciones de su autora, ya que la comedia y la sensación de ligereza y el tono ingenuo de múltiples comedias neoyorquinas se olvida hacia la mitad del relato.

Claro que una comedia puede ser cínica o inteligente, existen variantes del género que usan inclusive el humor negro o la sátira, como Heathers de 1989, donde Winona Ryder se enamora del chico malo que es sospechoso de asesinar a los populares del colegio, o Gross Point Blank (1997), sobre un hastiado asesino a sueldo que reconecta con un amor de juventud en la reunión de 10 años de la preparatoria.

Se adivina en la narrativa de Song una trama que coquetea con el drama psicológico, sobre todo por ese incidente del segundo acto, o la preferencia por la directora por una puesta en cámara y un montaje en clave minimalista, que abandone el supuesto triángulo amoroso en favor de una meditación sobre las diferencias y semejanzas entre soltería y soledad, más en la línea de cierto cine de Hong Sang-soo, como su (encantadora) Right now, wrong then (2015)

No obstante, al final el guion no termina de cuajar en ningún género pero tampoco niega el esquema de la rom-com, con todo y que la comedia brilla por su ausencia.

Las dudas que se asoman en el guion de Song terminan por entorpecer el ritmo de la propia Song como directora, al punto de que el tono hacia el final del filme se nota esperanzador aunque las señales del segundo acto indicaban lo contrario.

En lo personal pienso que Song debería apostar por construir tramas enrarecidas o extrañas, esto debido a que Amores materialistas en ocasiones me hacia incluso recordar historias de sci- fi romántico, como la cinta mexicana distópica Firma aquí, donde en un futuro distante las parejas se encuentran por un algoritmo y sólo duran 4 años por contrato, o el episodio de Hang the DJ (2017), del universo de Black Mirror, donde las pareja protagonista se conoce por un programa de citas que da una fecha de caducidad aleatoria a las relaciones.

Con todo y su trastabillar en el último acto, la realizadora canadiense se mantiene fiel a su estilo y demuestra su habilidad para construir (o destruir) personajes por medio de largas escenas de diálogo, con una cámara paciente que deja a los actores descubrir estas contradicciones sutiles que poco a poco revelan sus personajes.

Amores materialistas me confirma que Celine Song es una cineasta interesante y auténtica, totalmente abocada a escudriñar y cuestionarse el estado actual del romance en pleno siglo 21, con tramas concentradas en cavilar sobre la idea de enamorarse y sobre el amor en sí mismo, con una perspectiva muy personal sobre cómo el estatus social y económico y el estado mental de un individuo afecta su capacidad no sólo de amar, sino de convivir con sus contemporáneos.

*Cineasta y Crítico Cinematográfico.

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