Critica de Loco México Mágico, la reciente película del director Carlos Santos, quien plantea una película dentro de otra película, donde los habitantes de un pueblo deciden la historia que quieren contar. En ese proceso, la ficción se convierte en un espacio de discusión sobre identidad y representación. Con una gran actuación de Silverio Palacios.
Por Arturo Brum Zarco* En una de las secuencias de la película mexicana Loco México Mágico, se reúne parte del pueblo de Alvarado, Veracruz, para decidir de qué va a tratar la película que van a realizar. Uno comenta que hay que irse por lo popular, una comedia romántica, otro dice que tiene que haber extraterrestres, otro apunta que debe ser una historia de una heroína mexicana. Después de una graciosa y aparentemente sin sentido lluvia de ideas (como quizá nacen las mejores historias), deciden realizar un filme donde los villanos son el ejército de Estados Unidos, que busca quitarle a su pueblo una piedra ancestral que le da la felicidad a México. Este acto de metaficción, es decir, cuando la obra utiliza su condición de ficción dentro de su propia narrativa, es la esencia de esta propuesta, ya que muestra cómo el cine dentro del cine funciona, entre otras cosas, para conectar con el público, pero también para construir una ironía sobre las producciones cinematográficas y su contexto de realización. Por medio de esto, el director Carlos Santos demuestra que el cine comercial no está peleado con una buena estructura narrativa. El largometraje, si bien tiene un mensaje complaciente, destaca por reflejar la extravagancia del mexicano, su picardía y su naturaleza casi intrínseca del relajo y la fiesta. Como bien dicen, los mexicanos se superan en hacer cosas absurdas, la inteligencia artificial no nos alcanza en esos menesteres y esta cinta incluso acentúa eso. Cuando Benito (interpretado magistralmente por Silverio Palacios), alcalde de Alvarado, se molesta porque no lo eligen como candidato a gobernador, decide que para darse a conocer y de paso atraer turismo a su pueblo es necesario hacer una producción al estilo hollywoodense, sin importar el dinero que se usa, la narración deja de lado una crítica directa al uso de recursos públicos, aunque esa lectura queda implícita. El relato se centra en Juan (Daniel Sosa), un joven cineasta que junto a sus primos Pancho (Fernando Cuautle), su fiel director de fotografía, y Adriana (Rocío Guzmán), su participativa sonidista, se dedican a realizar videos corporativos y de fiestas de 15 años. Ellos reciben la oportunidad y el presupuesto necesario para llevar a cabo un proyecto cinematográfico. A esto se suma que, mediante ardides poco éticos, el alcalde consigue que en la producción participe Marisela (Sofía Carrera), cantante y actriz reconocida internacionalmente. De esa forma, construyen una historia donde los villanos son los estadounidenses, comandados por una versión de Trump, preocupado porque en su país la gente es triste, a diferencia de México, donde a pesar de las calamidades siempre hay pretextos para festejar, cantar y bailar. Estos son algunos de los mensajes a los que invita el director a reflexionar, por una parte, las constantes producciones del país vecino del norte donde los mexicanos suelen ser representados como villanos o en narrativas donde la paleta de colores los coloca en un tono amarillento para enfatizar su supuesta decadencia. Y por otra, el discurso de nuestra resiliencia y el desmadre como un acto que nos convierte en un país único. Tan sólo basta ver imágenes del Mundial pasado, donde en México muchas personas son lanzadas al aire en medio de celebraciones colectivas impulsadas por el relajo. Todo esto desde un punto de vista de un producto de entretenimiento que, sin embargo, busca a través de montajes en paralelo, personajes extravagantes y situaciones absurdas generar subtextos efectivos. Asimismo, tiene la fortaleza de descentralizar el cine de comedia, tradicionalmente concentrado en la Ciudad de México, para filmar en el municipio de Alvarado, Veracruz. Además, construye una estética muy mexicana de tono camp, donde la exageración en los colores y la información refuerza una lectura sobre nuestra idiosincrasia. La propuesta visual encuentra en su paleta de colores un recurso para representar esa desmesura constante. Muy fiel al estilo del director Carlos Santos, esta obra se encuentra en sintonía con sus trabajos anteriores como Chilangolandia (2021) y Señora influencer (2023), que destacan por ser comedias distintas a lo que la industria mexicana suele ofrecer. Loco México Mágico es una buena propuesta, que destaca por el uso de la metaficción para ironizar sobre las producciones cinematográficas mexicanas y estadounidenses en cuanto a su visión del mexicano, lo que se acentúa con un humor negro bien construido y, sobre todo, porque no es una comedia romántica más.
*Periodista y realizador. Director de CinEspacio24.
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