Crítica de La hermanastra fea, ópera prima de la noruega Emilie Blichfeldt, quien reinterpreta el clásico cuento de La Cenicienta desde la mirada de una de las hermanastras. El resultado es una historia de contrastes sobre la obsesión por la “belleza perfecta”, construida con sátira y body horror para reflexionar sobre un tema actual: la fragilidad del cuerpo y nuestra obsesión por transformarlo.
Por Arturo Brum Zarco*
Una de las grandes fortalezas del cine de terror es su capacidad para evidenciar nuestros miedos colectivos. Por ello, para apreciarlo mejor, el contexto histórico o social suele ser determinante. Hace apenas unos años vivimos las consecuencias de una pandemia que dejó miles de muertes a causa del Covid-19; fuimos testigos de cómo ese virus destruía el cuerpo, sin que pudiéramos detenerlo.
En ese contexto, el body horror (horror corporal) ha cobrado nuevamente relevancia —como lo hizo en los años setenta y ochenta—. Pues este subgénero, polémico por su estética grotesca, se distingue por mostrar de manera explícita la metamorfosis y la fragilidad del cuerpo humano; en este tipo de cine el cuerpo es de cierta manera el villano.
La transformación corporal es, justamente, el tema central de la cinta noruega La hermanastra fea, ópera prima de Emilie Blichfeldt. Donde la directora recurre a la sátira y al body horror para construir una versión siniestra del clásico cuento de La Cenicienta y, a partir de ahí, elaborar una crítica a los estándares de belleza femenina y a los riesgos que conlleva la obsesión por alcanzarlos.
En esta visión brutal y excéntrica, Blichfeldt combina lo grotesco con colores pasteles, acentuando el miedo de su protagonista a no ser amada por su apariencia física. Esa tensión se refleja en secuencias oníricas donde la joven se imagina al lado del galante príncipe, contrastando la ensoñación con la pesadilla que le provoca su propio cuerpo.
El resultado es un filme que impacta e incomoda (como debe hacerlo el body horror). Esa incomodidad funciona como espejo de nuestras ansias por alcanzar una figura ideal, a menudo inverosímil. En ese tenor, la cinta muestra a la cirugía plástica como una posible solución para conseguir ese cuerpo deseado.
Este tema lo abordó de manera brillante el maestro David Cronenberg (padre del body horror), en una de sus recientes películas Crimes of the Future (2022), donde pronunció una frase que resume la época actual: “La cirugía es el nuevo sexo”.
La hermanastra fea examina la cirugía plástica como único medio para materializar esas ensoñaciones de un “cuerpo perfecto”. Con secuencias grotescas y explícitas, la directora muestra la cara oscura de estos procedimientos estéticos, donde el dolor y la transformación buscan una felicidad efímera. El filme condena con contundencia estas prácticas cuando se llevan al extremo. Porque seamos sinceros esa búsqueda de una «mejor apariencia» es ya un tema recurrente, incluso quien escribe esto ha estado tentado continuamente en injertarse cabello; por tal motivo este largometraje tiene un mensaje que merece una profunda reflexión.
La narración se construye desde un punto de vista peculiar: en lugar de centrarse en la abnegada Cenicienta, el relato sigue a una de las crueles hermanastras, Elvira (Lea Myren). A través de su mirada conocemos una psicología trastornada y una obsesión enfermiza por alcanzar la perfección física, aun cuando esa metamorfosis implique una deformación interna.
Ambientada en el siglo XVIII, la película rompe con los cánones del cine de época, que suele apostar por la elegancia y el glamour. Aquí, Blichfeldt combina lo refinado con lo visceral y grotesco, en una línea estética cercana a Barry Lyndon (1975) de Stanley Kubrick o La favorita (2018) de Yorgos Lanthimos: obras que desmantelan la visión idealizada de la época.
Esa estética “sucia/limpia” convierte a La hermanastra fea en una propuesta visualmente inquietante, que rehúye la elegancia y resalta la crudeza de la naturaleza humana. Aquí, Cenicienta no es la joven sumisa y extremadamente amable, ni el príncipe un caballero intachable. Por medio del horror y lo grotesco la directora humaniza a estos conocidos personajes, quitándoles esa aura de seres casi perfectos.
De esa forma, Blichfeldt refresca el subgénero gracias a cómo lo cuenta: al romper estereotipos y reinterpretar el cuento clásico desde el body horror, logrando que el filme, aunque ambientado en el pasado, dialogue con la obsesión contemporánea por el cuerpo.
El body horror aterra porque nos recuerda que, en algún momento, podemos perder el control sobre nuestro propio cuerpo. Desde la pandemia, este miedo se intensificó, y a ello se suma que este subgénero también aborda metafóricamente el desasosiego a envejecer y a las enfermedades crónico-degenerativas. Es decir, en este tipo de filmes el cuerpo y su vulnerabilidad se convierten en el eje del terror.
Por ello, La hermanastra fea funciona y atrae, situándose junto a propuestas recientes del mismo corte como Titane (2021) de Julia Ducournau, Infinity Pool(2023) de Brandon Cronenberg, La sustancia (2024) de Coralie Fargeat y Together (2025) de Michael Shanks.
La ópera prima de Emilie Blichfeldt revitaliza, a través del horror, un cuento de hadas clásico para mostrar una realidad inquietante: la metamorfosis del cuerpo como una engañosa promesa de felicidad.
*Periodista y realizador. Director de CinEspacio24.
Mira el programa especial que hicimos en nuestro podcast «Cine Quiero Perderme Contigo», sobre la historia y las características del body horror:




Sé el primero en comentar en «“La hermanastra fea”: belleza, dolor y cirugía en clave grotesca»