Crítica de Hamnet, la reciente película de Chloé Zhao. Un filme que se aleja del drama convencional para retratar la pérdida desde lo sensorial. Una reflexión sobre el duelo, la muerte y la búsqueda humana de transformar el dolor en creación artística. Con grandes actuaciones de Jessie Buckley y Paul Mescal.
Por Arturo Brum Zarco*
El arte como alivio ante el duelo, como un acto que puede engañar —aunque sea por un instante— a la muerte. Ese es el mensaje conmovedor que articula Hamnet, un relato de ficción histórica en el que la directora imagina cómo Agnes y William Shakespeare enfrentaron la pérdida de su hijo a causa de la peste, un suceso que la película convierte en el origen de una de las tragedias más icónicas del teatro: Hamlet.
Escrita y dirigida por Chloé Zhao —ganadora del Óscar en 2021 por Nomadland— y basada en la novela homónima de la escritora británica Maggie O’Farrell, quien también colabora en el guion. Producida por Sam Mendes y Steven Spielberg, el largometraje está nominado a ocho premios Oscar, entre ellos Mejor Película, Mejor Dirección y Mejor Actriz para Jessie Buckley.
Hamnet es una obra íntima, donde naturaleza, vida y muerte conviven en un mismo plano emocional. Zhao reimagina el origen del vínculo amoroso entre Agnes y William a través de encuadres cenitales en el bosque, que funcionan como una mirada omnipresente.
En una de las primeras secuencias, Agnes le pide a William que le cuente una historia; él recurre al mito de Orfeo y Eurídice, una narración que deja claro que de la muerte nadie escapa. Esta referencia no sólo anticipa el destino de los personajes de la película, sino que fija su tono.
A lo largo del metraje, la directora contrapone ese mito con imágenes donde los personajes parecen fundirse con el entorno. La naturaleza no es decorado, sino una extensión emocional de los cuerpos. Hamnet privilegia planos abiertos, profundidad de campo y tomas picadas para subrayar una idea constante, vivir implica aceptar la muerte como parte del ciclo.
Ese planteamiento se refuerza en secuencias de fuerte carga simbólica, como el funeral de un halcón, los recuerdos de duelos pasados o un espectáculo de marionetas. Momentos donde el tono naturalista convive con una sensación fatalista que atraviesa toda la puesta en escena.
Sin caer en comparaciones forzadas, Hamnet recupera la esencia de la tragedia shakesperiana, y eso se debe al guion escrito por Zhao y O’Farrell, que coloca el punto de vista en Agnes. Ella es presentada como una mujer fuerte, visceral, amante del campo, independiente y profundamente amorosa, pero también señalada por su comunidad como bruja por no ajustarse a las normas sociales.
Agnes es el corazón de la película, papel que realiza Jessie Buckley, quien ofrece una interpretación sobresaliente. Su corporalidad transita de la contención y la calma a la furia y la tristeza sin estridencias. A través de ella, el filme despliega su ambivalencia emocional.
Aunque el origen de Hamlet como obra inspirada en una pérdida resulta atractivo, la película va más allá de esa anécdota. Hamnet reflexiona sobre el duelo y el poder del arte para dar permanencia a lo que se ha ido. La creación artística se vuelve un espacio donde los ausentes persisten, donde los fantasmas encuentran forma.
Paul Mescal, en el papel de William Shakespeare, aporta una presencia sobria y silenciosa. En sus gestos mínimos se percibe la mente del creador, alguien que comprende la naturaleza ambigua de la existencia y la certeza inevitable de la muerte.
El uso de la naturaleza como un elemento narrativo central es una constante en la filmografía de Zhao, como ya se apreciaba en sus largometrajes The Rider (2017), Nomadland (2020) e incluso en su controvertida incursión al universo de Marvel en Eternals (2021). En su cine, el paisaje dialoga con los protagonistas.
Este filme se consolida como el trabajo más maduro de Chloé Zhao. Una obra que dice más con el silencio que en el diálogo y que utiliza la imagen para conducir al espectador hacia un espacio complejo y no complaciente.
Hamnet edifica el duelo como un proceso íntimo y silencioso. En ese tránsito, Chloé Zhao muestra la pérdida como algo que se vive en el cuerpo y en la memoria, y afirma que el arte no vence a la muerte, pero sí le arrebata algo esencial, el olvido.
*Periodista y realizador. Director de CinEspacio24.


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