«Marty Supremo», cuando el deseo no lleva a ningún lado – CinEspacio24

«Marty Supremo», cuando el deseo no lleva a ningún lado

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Crítica de Marty Supremo, película dirigida por Josh Safdie y protagonizada por Timothée Chalamet y Odessa A’zion. Con un montaje acelerado y una mirada antiheroica, el filme narra la historia de un ambicioso jugador de ping pong enfrentado a la violencia, el deseo y a un entorno del que parece imposible escapar.

 

Por Arturo Brum Zarco*

@arturobrum

Josh Safdie es un director provocador, autor de travesías violentas en las que sus personajes principales son antihéroes, víctimas de sus propios impulsos. En películas como Good Time (2017) y Uncut Gems (2019), codirigidas con su hermano Benny, retrata deseos desbordados de forma trepidante y estridente, apoyándose en un montaje preciso y un ritmo acelerado que empuja a sus protagonistas —y al espectador— a un estado constante de tensión.

Ahora en solitario, Josh Safdie continúa con ese estilo en el que también predomina la cámara en mano, los planos cerrados a los rostros y una paleta de colores grisáceos que aporta una tonalidad sucia. Con esos recursos construye en su nueva cinta Marty Supremo un retrato social sobre un joven atrapado en una espiral de violencia y relaciones tóxicas, provocadas por sus acciones viscerales y por el entorno que lo rodea.

Josh Safdie nos lleva por un recorrido sinuoso a través de las calles del Nueva York de los años cincuenta, donde la violencia, el engaño y la corrupción permean tanto los barrios de clase baja como los espacios de la alta sociedad.

Esa ambientación se refleja en el personaje principal, Marty Mauser, interpretado con solidez por Timothée Chalamet, quien encarna a un joven moralmente ambiguo que transita de la soberbia más irritante a la confianza más desagradable, del comentario brusco a la disculpa falsa y, finalmente, a la humillación más decadente.

El tono que consigue Chalamet se despliega en múltiples matices. Su rostro juvenil —pues interpreta a un hombre de 23 años con acné— subraya la ambivalencia del personaje, que pasa de ser ocasionalmente agradable a profundamente detestable la mayor parte del tiempo.

El filme retrata la vida de Marty, un virtuoso jugador de ping pong convencido de que sus habilidades en este deporte lo convertirán en una estrella mundial. Sin embargo, cuando se enfrenta a alguien más disciplinado que él, su rival japonés Koto Endo (Koto Kawaguchi), comienza el conflicto central, en el que veremos a Marty perder de forma progresiva su frágil tranquilidad al no ocupar el lugar que cree merecer.

Esa es una de las virtudes del cine de Safdie, los personajes complejos que construye. En ellos no hay heroísmo, superación personal ni un código moral “respetable”; por el contrario, abundan la ambición, la soberbia, la vanidad y unas ganas de triunfar que no conocen límites ni compasión.

Marty es un ser profundamente egoísta, y la cinta plantea un dilema incómodo. ¿Podemos simpatizar con alguien así? A lo largo del largometraje, el director parece evitar emitir juicios de valor y deja esa respuesta en manos del espectador; no obstante, hacia el final se insinúa un tono de redención que desentona con la estructura previa del relato. Tal vez ahí resida el mensaje. Todo parece tener salvación.

De esta forma, y mediante el montaje ya mencionado y los abruptos planos cerrados, el director nos conduce por una cinta de aventuras callejeras en la que Marty se enfrenta a su madre, a su tío, a sus amigos y, sobre todo, a su pareja sentimental y sexual, Rachel Mizler (Odessa A’zion), quien comparte con el protagonista el deseo de obtener lo que quiere a través del fraude y el engaño.

En la figura de estos dos personajes se encuentra la esencia del filme. Ambos pertenecen a la comunidad judía, son de clase baja y víctimas de su entorno, y entienden que su única salida es el hedonismo y la trampa constante.

Así, la película evita caer en los vacuos y simplistas argumentos de los relatos deportivos donde el protagonista supera toda clase de obstáculos para coronarse campeón, como si se tratara de una trivial historia de superación personal.

En Marty Supremo ocurre todo lo contrario. Se presenta una historia pesimista y violenta que refleja tanto la decadencia de sus personajes como la del Nueva York de los años cincuenta. Esto se potencia gracias al notable trabajo de fotografía de Darius Khondji, quien compone las tomas idóneas para mostrar el mundo áspero, deprimente y rudo en el que se desarrollan las acciones.

Estableciendo un paralelismo con el ping pong —un deporte de velocidad vertiginosa—, el personaje de Marty se mueve constantemente de forma acelerada para alcanzar sus metas. Es decir, vive inmerso en un juego permanente donde cada decisión lo conduce a problemas cada vez más extravagantes. En su construcción se percibe una juventud existencialista marcada por la posguerra.

Destaca también la participación como un homenaje del director Abel Ferrara, quien interpreta a una suerte de mafioso. Ferrara es un reconocido realizador de cine independiente, caracterizado por películas contemplativas, violentas y de fuerte carga filosófica, ambientadas en un Nueva York sucio, peligroso y decadente. Ese paralelismo dialoga de manera directa con Marty Supremo. Basta revisar títulos de Ferrara como Ángel de la venganza (1981), El rey de Nueva York (1990) y Adicción (1995).

Josh Safdie se posiciona como un cronista de lo urbano, distinguido por su montaje trepidante, sus incómodos planos y su interés por construir antihéroes complejos. En Marty Supremo ofrece un retrato fatalista de un joven e impulsivo jugador de ping pong, víctima no sólo de un entorno hostil, sino también de decisiones incoherentes y autodestructivas que terminan por cerrarle cualquier salida.

*Periodista y realizador. Director de CinEspacio24.

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