«Fórmula 1: La película», vaquero de circuito – CinEspacio24

«Fórmula 1: La película», vaquero de circuito

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Crítica de Fórmula 1: La película. Filme dirigido por Joseph Kosinski y protagonizado por Brad Pitt, narra la historia de Sonny Hayes, antigua leyenda de la Fórmula 1, quien decide regresar para una última carrera. Una cinta llena de acción, con una imponente labor de realización que encuentra el delicado balance entre la construcción de secuencias explosivas y vibrantes, y el relato de la siempre atractiva historia de un vaquero descarado, pero simpático, que busca su último gran rodeo.

 

Por Isaac Piña Galindo*

@IsaacPi15a 

Con Fórmula 1: La película, el director Joseph Kosinski vuelve a pantalla grande después de la secuela Top Gun: Maverick (2022), filme-espectáculo de gran escala a la altura de la figura estelar de Tom Cruise, quien retomó su rol de Maverick de la original Top Gun (1986) dirigida por Tony Scott.

Pareciera que Kosinski se encuentra en su elemento al realizar cine épico, pues Fórmula 1 comparte propuesta visual y narrativa, así como aciertos y calidad cinematográfica, con la mencionada “Maverick”.

La diferencia principal radica en el protagonista, el héroe a regañadientes (o “héroe cansado”) que encarnan a la perfección tanto Cruise en Maverick como Brad Pitt en Fórmula 1, un tipo de personaje al que ambos actores imprimen distintos matices y “tics” acordes al guion de cada cinta.

El Maverick de Cruise tiende más al heroismo, a la figura paterna que funge como “maestro” para conducir a una nueva generación de pilotos. Por otro lado, el Sonny Hayes que interpreta Brad Pitt tiende mucho a la irreverencia e insolencia, más en la línea del vaquero urbano al estilo del Cliff Booth, personaje que le dio a Pitt el ansiado Oscar ( Había una vez en Hollywood, 2019).

Aun y con su actitud errante, Sonny poco a poco asume varios roles que arrojan cierta luz heroica a su presencia temperamental.

Brad Pitt posee el talento (y la experiencia) para confeccionar las distintas sutilezas que le pide su personaje, y así transitar por varios estadios conforme avanza el filme: de talante cálido al actuar de confidente para el empresario Rubén Cervantes (magnético Javier Bardem), o también líder carismático y cool para con el equipo que está en la “trinchera” de los pits.

No obstante, el mayor reto y, por tanto logro, reside en la confusa relación que debe sostener con su contraparte, el arrogante piloto estrella Joshua Pearce (brillante trabajo del novel actor Damson Idris). Una relación colérica donde Pitt encarna la figura tanto de “mentor” como de “competidor”.

En Fórmula 1 encontramos un filme de deportes y acción que cuenta dos perspectivas en una sola historia, recurso narrativo usado en varias ocasiones en el cine de género deportivo; Kosinski, junto a su co-guionista Ehren Kruger, asume el reto de tomar algunos trucos y fórmulas ya probados para elevarlos a un cine de primera categoría.

Me hace rememorar, por ejemplo, la secuela El color del dinero (1986) de Martin Scorsese, cinta donde, curiosamente, un jovencísimo Tom Cruise interpreta a Vincent, un prodigio del billar, que encuentra cobijo en el calculador pero sentimental Eddie Nelson, viejo lobo de mar que da vida la leyenda Paul Newman.

La relación rocosa, los picos emocionales y el duelo de masculinidades que se explora en el filme de Scorsese, encuentra eco en esta Fórmula 1, al punto que las motivaciones tanto de Eddie Nelson como de Sonny Hayes revelan, de forma gradual, un riesgo personal mayor del que se aparentaba en un principio.

El Eddie Nelson de Newman lo enuncia de modo perfecto: “Me retiré antes de siquiera empezar. Pero tengo hambre otra vez, cuando te conocí volví a sentir hambre”.

Kosinski, en su rol dual de director y guionista, entiende a la perfección el proyecto que tiene en sus manos y entrega entonces una película abiertamente “palomera”, pero hecha con la enjundia y el talento que exige un cine “serio” o de «premios».

Los temas y personajes del filme se entretejen por medio de pinceladas que desmenuzan los lazos de viejas amistades, del mismo modo que se narran con idéntica atención aquellos deseos soterrados por buscar revancha deportiva (y, de cierta manera, espiritual).

La relación que se desarrolla entre Joshua y Sonny, los dos pilotos protagónicos, afecta el clima emocional del equipo que los rodea y el tenor con que se desarrolla cada carrera en turno; si bien el azar y algunos elementos externos entran en juego, al final la carga dramática recae directamente en el toma y daca que sostienen Hayes y el británico Joshua Pierce.

La pluma de Kruger y Kosinski no quiere engañar a nadie, por lo que el drama de la seguidilla de las carreras se construye de manera orgánica, con base en las relaciones y desencuentros entre los protagonistas y el elenco secundario.

El guion evita momentos de excesiva teatralidad, ni tampoco intentan contar (o “aleccionar”) con algún mensaje profundo o comentario social.

La película explota y brilla gracias a dicha solvencia dramática que, en palabras menos, reconoce y respeta a la audiencia porque captura y expone las menudencias detrás de la ya de por sí fragosa batalla automovilística, la cual ocurre a un ritmo vertiginoso en la pista.

Cabría apuntar que entonces estamos ante tres protagonistas, los dos pilotos y el mismo circuito de carreras, y que, en efecto, esta película es entretenimiento y diversión puros.

La pasión con que Kosinski compone esta cinta “mainstream” resulta palpable en varios tramos del filme, ya sea con el empleo de acentos visuales por medio del close-up, el uso del montaje paralelo, o por el tenor emocional con que se maneja la música y el silencio.

Notable cuando el realizador explota aquellos recursos, entre otros más, a lo largo de una larga secuencia, creando entonces una experiencia totalmente inmersiva que, literalmente, nos deja entrar por unos instantes dentro del auto y “ver” con los ojos de los pilotos.

Por supuesto el filme reluce por el talentosísimo crew que se reúne alrededor de Kosinski. Destaca sobremanera la labor de Claudio Miranda en fotografía, Stephen Mirrione en montaje y Hans Zimmer en música.

Kosinski hace las veces de un verdadero maestro de orquesta puesto que sabe cómo explotar el talento de cada uno en el momento preciso, ya sea para imprimir mayor trasfondo emocional o para intensificar la pasión de la contienda en la pista.

Miranda, Mirrione, Zimmer, tres artistas cinematográficos cuya experiencia se ve apuntalada por los distintos departamentos: sonido, efectos especiales, diseño de producción, quienes igualmente demuestran su compromiso y veteranía con un trabajo soberbio, envolvente e imponente a partes iguales.

En una nota personal, la edición que logra Mirrione ha sido el punto que sinceramente me ha deslumbrado.

Claro que Mirrione tiene la guía de su director, pero se necesita un talento especial para encontrar el ritmo y el dinamismo con que se narra el filme; existen momentos puntuales donde el experimentado editor hilvana cortes precisos con los que intercala las reacciones del público, de otros pilotos y del equipo de Sonny, con el transcurso trepidante de una apasionante secuencia en el circuito.

Mirrione construye con pasmosa habilidad un montaje visceral, casi intuitivo, que mantiene en foco el arco narrativo protagónico al tiempo que deja respirar la correspondencia emocional que existe entre el auto (la “bestia”) y el piloto (cowboy) que lo conduce.

Cuando pensamos o escuchamos “espectáculo de verano” o “cine veraniego”, hablamos justamente de filmes como Fórmula 1.

Una cinta llena de acción, con una imponente labor de realización que encuentra el delicado balance entre la construcción de secuencias explosivas y vibrantes, y el relato de la siempre atractiva historia de un vaquero descarado, pero simpático, que busca su último gran rodeo.

Definitivamente, Fórmula 1 es de las películas imperdibles del año.

 

*Cineasta y Crítico Cinematográfico.

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