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Rebecca (1940) es la primera película del director inglés Alfred Hitchcock que filmó en los Estados Unidos, una cinta donde logró que uno de los personajes principales nunca saliera en pantalla, sin embargo, su presencia siempre está presente.

Por Arturo Brum Zarco*

@arturobrum

Después de varias charlas con el productor estadounidense David O. Selznick, este convenció al maestro del suspenso (Hitchcock) para realizar su siguiente película en Estados Unidos, y la cinta que hicieron fue Rebecca.

Alfred aceptó esa propuesta porque consideraba que en la industria hollywoodense podía usar herramientas tecnológicas más avanzadas; no obstante, sus primeros trabajos en suelo americano no tuvieron la libertad creativa con la que contaba en Inglaterra, y sobre todo al trabajar con alguien como Selznick, quien controlaba a sus directores, les exigía trabajos rápidos y que siguieran con precisión el guion.

Por su parte, Hitchcock acostumbrado a improvisar, trabajar de una forma más lenta, cambiar el guion sin previo aviso, buscar una toma más novedosa, no estuvo conforme con trabajar con Selznick, y aunque hicieron otras tres películas más juntos (Spellbound, Notorious y The Paradine Case) , su trato nunca fue de amistad.

A pesar de la rigurosa forma de trabajar de Selznick y del control que tenía sobre sus directores, Alfred logró, si bien no como quería, poner su sello característico en Rebecca, con encuadres misteriosos, secuencias llenas de suspenso, movimientos de cámara sin parangón, actuaciones impecables, una puesta en escena que juega entre el terror y el drama, y sobre todo consiguió que uno de los personajes principales nunca saliera en escena.

Sí se escucha algo ilógico, pero la forma cómo Hitchcock abordó la historia hace que la presencia de una persona, a quien nunca vemos ni en fotos o cuadros y que sólo se menciona, esté siempre presente en la película.

Rebecca (basada en la novela homónima de la escritora Daphne du Maurier, un texto romántico y con tintes góticos), es un filme que narra la vida lúgubre y solitaria de Maxim Winter (Laurence Oliver), un hombre millonario que se la pasa viajando para olvidar su pasado y a su difunta esposa Rebecca Winter.

Cuando se encuentra en Montecarlo conoce a una humilde muchacha (Joan Fontaine) , de clase baja y que trabajaba como acompañante de la señora Van Hopper, una persona  de clase alta.

Ahí, Maxim se enamora de esa joven e inocente mujer y decide casarse con ella. El filme nunca menciona el nombre de dicha mujer, pero después de la boda se le conocerá como la señora de Winter, un recurso clave para entender el mensaje y la ambientación que el director expuso.

La nueva pareja se va a vivir a la famosa casa de Maxim, la Mansión de Manderley, un sitio suntuoso y lleno de lujos. En su nuevo hogar, la señora de Winter va a ser bien recibida por todo el personal que trabaja en aquel sitio, cocineros, mayordomos, mucamas; menos por una persona, la ama de llaves, la señora Danvers (Judith Anderson).

Danvers es un personaje tétrico en la historia. Ella jamás acepta que una nueva persona “usurpe” el lugar de su antigua jefa, Rebecca, quien al parecer murió en un accidente en un yate.

La señora Danvers, inexpresiva y con una cara poco amigable, vive obsesionada con el recuerdo de Rebecca, hasta el punto de que el director logra sutilmente realizar una escena donde se muestra un sentimiento de enamoramiento de Danvers hacia Rebeca.

La nueva señora de Winter entrará a un mundo desconocido para ella, donde la presencia de la antigua ama del lugar no se ha ido. Esto lo logra Alfred con una sutileza impecable: Rebeca siempre es nombrada como una mujer alegre, sociables, encantadora y hermosa y la casa está llena de almohadas, utensilios y ropa con la letra R.

En ese sentido, hay momentos en que la cámara de Hitchcock ejecuta sutiles movimientos que parecen mostrar a un ser espectral que se encuentra en las habitaciones de Manderley, algo que poco a poco hará que la señora de Winter sufra por la presencia de Rebecca; misma presencia que siente el espectador.

Esto lo logra Alfred inclusive al no tener todo la libertad creativa que quería, y aún así nos entrega una clase de fotografía, donde las sombras se convierten en un personaje más, unos movimientos de cámara entre el suspenso y el terror y un montaje lleno de matices y misterio.

En Rebecca (cinta que ganó el Oscar a Mejor Película) Alfred logra a través de un lenguaje audiovisual maravilloso hacer que la presencia de Rebecca esté presente  en todo momento, como si ella estuviera viendo  junto el espectador lo que sucede en su amada Mansión Manderley.

*Periodista y realizador. Director y Editor en CinEspacio24 Noticias. Colaborador en Cio Noticias.


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Arturo Brum Zarco

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