Poesía de la estrechez (análisis de la cinta In The Mood For Love) – CinEspacio24

Poesía de la estrechez (análisis de la cinta In The Mood For Love)

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Por Bruno Iñaki Rosales Villareal

Es 1962 y dos parejas se mudan a sus respectivos pisos el mismo día, una al lado de la otra, volviéndose así vecinos, el tiempo transcurre a través de elipsis bien planteadas y la historia gira alrededor de un amorío que nunca se ve pero queda explícito. Los colores resaltan, la edición brilla por su sutileza, la fotografía encierra haciendo del filme In The Mood For Love algo claustrofóbico. Sin duda el amor es un tema elemental para la vida humana y aquí es tratado desde una perspectiva nueva y cautivante.

Wong Kar Wai deja en claro que las emociones no son controlables, que cualquier actuación tiene su toque de verdad, y lo deja en claro con una narrativa compleja, donde los detalles visuales aportan expresando lo mejor posible, la imagen inmersa en los movimientos de cámara ayuda a explicar la película, los diálogos hacen que la narración cobre total sentido, generando una atmósfera de confusión llena de un dramatismo extraño para nuestros ojos, pero universal para el ser humano.

A través de corredores pequeños y amontonados el esposo Chow y la esposa Chan recorren su departamento y la ciudad, los tallarines están en la mano de ella cada que lo ve a él regresar a la casa vecina, y cuando ambos llegan por su cuenta encuentran el vacío de sus respectivas parejas. En realidad están solos. Aquí la atmósfera lo es casi todo, llega a hablar más que los personajes, y lo hace con complejidad mentora, la historia principal incluso se da por el entorno, nadie es ajeno a la relación que tiene con el mundo en general, y por ende no es coincidencia que la atmósfera de la película se sienta claustrofóbica, estrecha, y no es coincidencia tampoco que entre tanta cercanía obligada por la misma estrechez se dé un amor; se observan desde un inicio vestidos pegados, trajes abrochados hasta el cuello, no hay espacio para la libertad, siempre el entorno encerrará ligeramente, la habladuría y la sospecha se hacen presentes como consecuencia, jugando así un factor importante en los actos y actitudes de los personajes principales.

Varias canciones rondan durante toda la película y se quedan grabadas en la memoria se deseé o no, mismas que ayudan a poetizar escenas junto a ralentizaciones de la imagen y movimientos cautivantes, pero no sólo quedan con esa cualidad, al contrario, las canciones surgen conforme se desarrolla el amor, un Nat King Cole con su “Quizás, quizás, quizás”, o “Aquellos ojos verdes” cuyas letras van acorde a las emociones del Sr. Chow y la Sra. Chan, apoyándose en tomas cenitales o dollies circulares se crea un deleite visual en momentos críticos y finales. La poesía del movimiento está claramente ejemplificada en estas escenas.

Colores contrastantes y llamativos, que avivan pasiones y resaltan situaciones, colores que hacen de escenas poco románticas unas verdaderas joyas del género, pasan del más cálido al más frío en tan solo uno o dos cortes, el frío se hace presente con la lluvia torrencial en tonalidad azul oscura, para que después los personajes se encuentren en un hotel donde el rojo hace presencia imponente en todas las paredes y luces. El color destaca en este mundo atmosférico y habla más que muchos otros detalles visuales destacables como el cambio de vestuario entre cortes para denotar las elipsis, o el cambio de movimiento de cámara y de las actitudes de los personajes, sin duda el color siempre despierta emociones en el ser humano, consciente o inconsciente, y más si está distribuido con sutileza en su uso, como aquí acontece.

Unos cuantos recursos sutiles (mencionados al final del párrafo anterior) son los que sirven para comprender la historia, la trama transcurre cronológica pero entrecortada, interactuando con el espectador, haciéndolo parte del juego y de la misma actuación, volviéndose así un rompecabezas que se arma poco a poco incitando a la imaginación interpretativa, las historias pueden diferir ligeramente entre espectadores, y ahí es donde se encuentra la magia que está dentro del filme.

Los personajes muestran sus crecientes intuiciones a través de los gestos corporales y la ubicación de la cámara, ya sea con un óvalo como contorno, creando un cierto tono voyeur (de distanciamiento), o con tomas en donde uno esconde el rostro mientras el otro sufre; los dos están en una situación similar, se sienten perdidos, sin querer o lograr comprender, por lo que intentan reconstruir el suceso, a través de ésta reconstrucción las emociones florecen y su poesía emana. El amor inevitablemente se busca cuando se pierde, se remplaza, no es algo que decida uno, es algo que crece en uno. La paradoja de estar tan cerca a alguien pero nunca conocerlo se hace evidente al final, la razón y el destino se muestran como vencedores y el anhelo por el pasado se vuelve parte de la cotidianidad.

Un melodrama curioso con una forma melódica y envolvente. Así se puede definir a In The Mood For Love, oda fílmica que a momentos recuerda a Alain Resnais, demostrando que la forma puede transformar al fondo, reinventarlo, cambiar el punto de vista común y generar toda una rama con extensiones que llevan a nuevos espacios con formas bien delimitadas y abiertos a interpretaciones personales.


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