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La música del terremoto narra cómo en el Tokio de 1989, Lucy Fly, una tímida traductora sueca, comienza un noviazgo con un misterioso fotógrafo japonés llamado Teiji. La relación se complica con la llegada de otra extranjera, Lily, quien parece perturbar la estabilidad de la pareja.

Por Isaac Piña Galindo*

@IsaacPi15a 

Wash Westmorland dirige y adapta la historia a partir de la novela homónima de Susanne Jones. El director enfoca la narración desde la perspectiva de la protagonista, cuya mirada nos ayudará a descifrar el misterio que se entremezcla con el drama romántico.

Conforme la película progresa, Westmorland apoya el peso de la historia en la ambientación, las luces y las texturas tanto físicas (los lugares, la puesta en cámara), como las psicológicas, en particular la psique de Lucy (cortes abruptos que interrumpen el ritmo semilento del montaje).

El excelente cinefotógrafo sudcoreano Chung Chung-hoon (Oldboy, Stoker) orquesta una sucesión de encuadres donde su brillante manejo y juego de luces explota el diseño de producción de Yoehi Taneda, especialmente las texturas de las casas, los restaurantes, el bosque.

Con herramientas puramente visuales, Chung-hoon contrasta las diferentes conductas de los tres personajes principales; el fotógrafo construye una experiencia inmersiva con la mezcla de colores así como con el aprovechamiento de los espacios (las texturas, los colores), en los que se desarrolla el filme.

Por otra parte, los hermanos Atticus y Leopold Ross, junto con Claudia Sarne, aportan al filme una partitura musical que establece desde la secuencia inicial el tono sombrío que pautará el ritmo narrativo de la cinta.

La característica forma musical de los Ross, sonidos industriales sumados al sonido crudo de los sintetizadores, poco a poco nos adentra en la mente de Lucy, en los dilemas que la atormentan y consumen.

Luciendo su talento histriónico, la sueca Alicia Vikander deconstruye las contradicciones emocionales de Lucy Fly en cada oportunidad que le da el personaje, y logra construir un impresionante balance entre la vulnerabilidad y la ansiedad de Lucy.

En un momento determinante del filme, Vikander demuestra el control absoluto tanto de su interpretación como de la escena, al explorar las emociones dispares que desequilibran al personaje valiéndose nada más su mirada y tono de voz.

La música del terromoto goza de instantes brillantes cuando el fotográfo Chung-hoon, el score de los Ross y Sarne, junto con la indiscutible calidad actoral de Vikander, arriban a un mismo punto ideal para retratar la intensa batalla que Lucy Fly libra en su mente.

Westmorland manipula la atmósfera gracias a la foto y la música, dando espacio para que los tres actores construyan una interesante dinámica interpretativa.

No obstante la inteligente propuesta plástica y sonora, el desenlace del asfixiante melodrama sobre los fantasmas de Lucy termina por debilitarse cuando Westmorland se ve forzado a cerrar una de las caras más importantes del guión: el misterio que establece el punto de partida de la película.

Mientras que el conflicto amoroso evoluciona en un conflicto de culpa (¿o de purga?), el suspenso prometido durante la primera mitad de la historia se diluye y entorpece los momentos más brillantes del esfuerzo colectivo de fotografía, música y actuación.

*Cineasta y Colaborador en CinEspacio24 Noticias


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