“El peluquero romántico”, y la necesidad de salir de la rutina

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El peluquero romántico, dirigida por Iván Ávila Dueñas, es una nostálgica película mexicana, sobre un personaje que vive atrapado en la rutina; pero algo hará que cambie su estilo de vida.

Por Martín L. González*

Viejito pero bonito. Lo clásico no pasa de moda. Es interesante como el arte crea para las nuevas generaciones un acercamiento con aquellas cosas que no fueron de su época. El amor por lo vintage existe, y con películas como El peluquero romántico es fácil decir esto.

Víctor (Antonio Salinas) es un peluquero treintón para nada extraordinario. Simple, aburrido e incluso antipático, que no hace más que cortar el cabello, beber en casa, oír viejos vinilos en su tornamesa, ver clásicos del cine, y en ocasiones reunirse con sus amigos a jugar unas cuantas partidas de dominó y echarse una que otra chela.

Un día, casi de improviso, llega a su casa Sergio (Carlos Valencia), un viejo conocido que se instala en su hogar y que es la contraria personalidad de Víctor. Lo sonsaca y lo invita a toquines, a tomar fuera e incluso a conocer mujeres, ya que Víctor tiene problemas con las técnicas del ligue, y además le es fiel a una chica que no lo pela, pero de la que se encuentra perdidamente enamorado.

Toda esta vida tan monótona cambia en el momento en que entra a la peluquería un hombre que se revela como el padre de Víctor. Lleva a su hijo a un pequeño bar y le cuenta, entre otras tantas cosas, la razón de por qué estuvo ausente durante su vida, además, le entrega una carta cuyo remitente es su fallecida abuela oriunda de Brasil, esto provoca que Victor cuestione cuál es su verdadera pasión.

En El peluquero romántico (Iván Ávila Dueñas, 2016) nos enfrentamos ante los translucido que puede ser el cine. La para nada impresionante vida del protagonista se encarga de reflejar nuestra manera de actuar ante la tristeza. Más de uno nos hemos sentido perdidos en la vida, y ante la penumbra de la depresión, nuestra mejor solución suele ser cohibirnos del mundo exterior, oír música triste para ponernos aun más tristes y no hacer nada.

Encontrar una razón de ser, saber qué es lo que realmente queremos hacer puede ser un buen punto de partida que nos levante de la cama. Y es que vaya que la película es sincera y no utiliza falsas personalidades que nos hagan creer que todo es completa felicidad.

Crear diálogos tan naturales es una manera de reforzar la fluidez del guión. Porque no importa que usen la misma grosería expresiva mil veces en la película, porque esas son las mismas mil veces que nosotros la utilizamos en nuestra vida cotidiana.

Agreguemos a todo esto un diseño de producción atemporal, que crea un choque generacional en la que la vida de nuestro protagonista parece un mundo aparte del de los demás.

Claro que podemos señalar conflictos en la película, como el hecho de las transiciones en la paleta de colores, de una manera simplista se pasean constantemente por el blanco y negro; sin embargo, las proezas del filme son tan agradables y llevaderas que convierte estos detalles en algo tan diminuto.

No cabe duda del amor que se puso en esta película, en la cual se nota que nunca se sintieron forzados a complacer a nadie más que a ellos mismos, a sus ideas y a su trabajo; por ejemplo, el tío de Víctor nos enseñó que no importa que el Atlas sea un mal equipo, si a mí me hace feliz verlos jugar no importan los demás.

 

Colaborador en CinEspacio24 Noticias.


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