El guitarrista con seis dedos, Hound Dog Taylor – CinEspacio24

El guitarrista con seis dedos, Hound Dog Taylor

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José Rivera Guadarrama

@JoseRivegua

Para un guitarrista, tener seis dedos en una mano sería un buen recurso: “podría usar uno para cada cuerda”, pensaría. Entre otras ventajas, para un bluesero el uso del slide sería menos problemático porque aún así tendría ¡cuatro dedos libres!, para lograr variantes armónicas hasta ahora no descubiertas, también podría ejecutar extraños acordes o continuos e increíbles hammer-ons y pull-offs.

Caso contrario, son conocidos los accidentes en los que algunos guitarristas perdieron falanges de varios dedos: Tony Iommi, de Black Sabbath; el jazzista gitano Django Reinhardt; Jerry Garcia, de los Grateful Dead, etcétera, sin que esto representara alguna desventaja para ellos. A la inversa, a pesar de esto lograron conseguir un sonido característico en sus riffs al usar prótesis.

Pero hasta ahora, ningún músico ha pensado en agregarse un dedo para explorar otras técnicas en las seis cuerdas de su guitarra. Sin embargo, hay un caso en la historia de la música que lo hará único. Sí, nació con seis dedos en la mano izquierda, con la que pulsaba las cuerdas de su instrumento. Se trata del buen Theodore Roosevelt Taylor (1915-1975), mejor conocido como Hound Dog (Perro de caza) Taylor. Nació en Mississippi, Estados Unidos.

En aquellos años, la vida de un músico no era fácil en su natal Natchez. Por eso debió trasladarse a Chicago a partir de los años 40 para dedicarse a la música, en donde al principio solía tocar sobre todo en pequeños clubes nocturnos, entre borrachos e insolentes pendencieros, en el South Side. Poco a poco se mezcló entre los grandes, incluso llegó a girar con Freddie King, Muddy Waters, y a echarse unos palomazos al lado de Little Walter, Koko Taylor, Big Mama Thornton, entre otros.

En aquellas décadas, la vida cultural en aquel país era intensa. En cuanto a literatura, por esos mismos años la generación Beat estaba en su apogeo en Norteamérica. Jack Kerouac había publicado en los años 50 su novela más emblemática, On the road. El extenso poema Howl, de Allen Ginsberg era leído en todos lados y convocaba multitudes. Además, en 1969 se realizó el festival de música y arte de Woodstock. Aquellos eran momentos vertiginosos. La efervescencia cultural era bastante ajetreada y ningún artista quería quedarse sin esa fascinante rebanada de pastel.

Pero Hound Dog Taylor no era un virtuoso. No la tenía fácil. Tampoco asistió a las grandes escuelas de música, lo suyo era pura intuición, o como dicen en el gremio, puro ímpetu. A pesar de no haber sido un grande como Robert Johnson o del tamaño de Jimi Hendrix, quienes por esos años eran los dioses de la escena, su carisma, su buen humor y su sombrero tipo Fedora lo hacen un guitarrista entrañable. Lo más seguro es que su ascenso se debiera a que tocaba un extraño y rasposo boogie blues con una vieja y barata slide guitar, a la que había electrificado.

A ello se sumaba que Taylor tenía bien memorizada la escala pentatónica menor, la preferida por los bluesman. Pasaba de largos slides a cortos y rítmicos punteos, ese era su estilo. En ninguna de sus canciones hace alusión a la situación de su extraño y pequeño dedo. De su biografía hay pocas líneas, igual que sus discos de estudio.

Por desgracia, aquel dedo no le ayudaba en nada. Fue sólo un mal congénito con el que convivió toda su existencia. Hay una versión en la que se cuenta que en una ocasión se lo cortó con una filosa navaja. Esto no está confirmado. Incluso en la foto del disco  Beware of the dog! se alcanza a notar un pequeño promontorio en la mano izquierda, con la que sostiene un cigarro. Pero tampoco esta malformación fue un impedimento para tocar su instrumento. Al contrario, atacaba su guitarra como su apodo, como un verdadero perro de caza y la roía hasta desgastarla.

Dentro de las anécdotas más memorables del ambiente musical, hay una que cuenta Tom Waits. Decía que Hound Dog Taylor siempre andaba armado. Incluso en una ocasión usó aquella pistola. “En la parte sur de Chicago, en el salón Checkboard, el último gran bluesero Hound Dog Taylor tocaba ante un público rudo donde había un borracho en primera fila, que a cada instante lo interrumpía. Sin detener su canción, Hound Dog sacó un revólver calibre .38, le disparó al borracho en el pie, se guardó el arma en la parte trasera del pantalón, y terminó la canción”.

Vaya forma de exigir respeto. Es cierto que todos tratamos de vivir, de alguna manera, en una canción, de relatarla y revivirla en otros momentos, modificándola de acuerdo a las circunstancias. Para eso es la creatividad: para no conformarnos con lo real, a ésta hay que exigirle y agregarle más y de diferentes formas. Hound Dog así vivía, y no iba a quedarse con las ganas de asestarle incluso un puñetazo a quien se le pusiera enfrente mientras tocaba.

Hound Dog Taylor murió de cáncer. Esa maldita enfermedad le impidió saborear su reconocimiento. Sirva honrar su legado con estos tres álbumes: Hound Dog Taylor and The House Rockers (1971),  Natural Boogie (1974) y Beware of the Dog! (1976), disco póstumo. Todos producidos con la disquera Alligator Records.

 

*Periodista. Poeta. Colaborador en CinEspacio24. Profesor del Taller de Filosofía y Cine.


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